Entre muchas cosas hermosas que te ofrecen los malargüinos, muy hermosos son sus dichos. Allí, por ejemplo, si sos un papanatas o un nabo, dicen “el Johnny no tiene ni un brillo”; ahora, si sos un tipo avispado, uno despierto y lúcido, dicen “el Johnny es muy dao cuenta”.

Son dos maravillosas maneras de sintetizar acumulaciones de virtudes, defectos y actitudes. Y la naturalidad con que usan los términos, populares allí, denota lo profundo de las enseñanzas que esconden.

Pues bien, amigos, hoy conoceremos a Johnny Albino, el muy dao cuenta, y a su hermosa familia malargüina: Gabriela Díaz Isenrath, su hermosa mujer, y sus copados hijos, Matías y Lucas. Se trata, obviamente, de una historia de amor, pues de otra manera será imposible explicar las renuncias, los sacrificios y la sana mirada del mundo que emana de sus ojos.

Siendo jóvenes, ya en pareja, tenían un hostel en la Ciudad de Mendoza, uno de los primeros, uno fundacional, el “Hostel Internacional Mendoza”, en la calle España, cerca de la Casa de Gobierno, los jóvenes turistas de entonces, claramente, lo preferían a los aburridos hoteles: era más barato y más divertido. Con los años, esta tendencia se acentuó y hasta se pusieron de moda. Allí tenía el Johnny una banda de rock que hacía estricto honor a su nombre: “Los Ya Cansan”; antes, en sus épocas de universitario, se llamaban “Los calefones”, porque andaban a alcohol, usted imaginen.

Esas y otras cosas fueron dejadas atrás, cuando él y Gaby, tomaron una drástica decisión: vender todo, renunciar a todo, e irse a vivir a Malargüe, la lejana, casi inhóspita, pero, entonces, potencialmente hospitalaria y hasta cercana, tal cual luce hoy. Así, apuntaron a un terreno, en las afueras de la villa, uno que había sido una finca y estaba abandonado…

– Nos gustó esta finquita, apunta el Johnny.

– No… No… Te gustó a vos. Yo dije: pero… no tiene luz, no tiene teléfono, no tiene agua, corrige Gaby, quien recuerda que lo primero que hizo, al llegar, fue largarse a llorar.

Sólo vivía allí don Galdámez, el puestero. Y allí se instalaron, en una carpa. A poco de estar allí, un fuerte viento, a las 3 de la mañana, les voló la carpa y pasaron la noche envueltos con lo que rescataron. Entonces, les prestaron un trailer con carpa y otros viento también se la voló. Entonces, les prestaron una casa rodante y un tacho para calentar agua y poder bañarse. Y, así, comenzaron la construcción.

– Ah, bueno, también otro viento nos tiró la casilla rodante contra unos árboles; después de eso, la amuramos al piso, suelta el Johnny.

Hay que decir ya mismo que Gabriela es doctora en Biología y que tiene también un postdoctorado y que renunció a su cargo de investigadora del Conicet, para mudarse a Malargüe, junto con “su” Jhonny. Ahora, Gaby es coordinadora de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de UNCuyo y docente en Malargüe y san Rafael y, además, tanto ella como el Johnny dan clases en la Tecnicatura en Conservación de la Naturaleza.

Después de la casilla, iniciaron la construcción de la primera casita, con una plata que consiguieron al vender una casa. Con ese dinero compraron tres prefabricadas y empezaron a darle un tratamiento ecológico, con barro. Al conocer la técnica de construcción llamada “quincha”, supieron hacia dónde iban: la construcción de un hostel de gran proporción, a partir de ese sistema de construcción, que en quechua significa pared, muro, cerco y corral. Y así se encaminaron a lo que hoy es el estupendo Ecomalargüe Posada & Hostel.

– Empezamos, además, a estudiar qué plantar, qué tipo de vegetación crece aquí, porque ni siquiera árboles teníamos, aporta Gaby; por cierto, ahora el Eco tiene un bosque formidable.

De los antepasado del Johnny, mucho no diremos, salvo que su padre tenía un cumpleaños que -literalmente- duraba ocho días y que todos en la familia, en San Martín, trabajaban en la construcción y que estaba bien visto dejar la escuela y ponerse a laburar de albañil; sin embargo, Johnny siguió estudiando y hasta fue abanderado en la primaria.

– Mi mamá, a escondidas, me anotó en la secundaria. Mi viejo me dejó estudiar, pero con la condición de que, en las vacaciones, trabajara de plomero y cosechador. Después, llegué hasta cuarto año de Ingeniería Civil, pero me arrepentí y me cambié al profesorado de Educación Física y me recibí, sigue Johnny.

Como profesor de Educación Física -abanderado de la carrera- tuvo un destacado paso por la UNCuyo, generando políticas de turismo saludable y sistemas de becas para el Comedor Universitario, los traslados y los alojamientos de estudiantes. Después, también haría el Instructorado Nacional de Andinismo.

– En aquel tiempo, renuncié a la UNCuyo y traje a Mendoza la franquicia Asatej y organicé con amigos la primera bajada de rafting en luna llena que se hizo en el Río Mendoza. Y me quedó picando lo del turismo.

Lo que sigue de su historia reciente tiene que ver con el inicio de esta nota, con Gaby y el hostel de la calle España y, luego, la mudanza a Malargüe, a la finca abandonada.

Actualmente, Johnny es un experto riguroso en todo aquello que tenga que ver con la Payunia, la bella, singular y hasta enigmática área protegida de Malargüe. Con los años, se ha constituido en un guía de referencia mundial respecto de esa área, con un perfil ambientalista y conservacionista, con impronta social.

– Payunia tiene una estructura propia y distinta a la de cualquier lugar del planeta. Es importante desde lo paleontológico, lo vulcanológico, lo geológico, lo biológico y lo social, dice y sabe lo que dice.

Por cierto, sus tours a esa área son altamente recomendables, por las vastas explicaciones y los cruces intertextuales entre disciplinas que el guía realiza constantemente.

En fin, así ha sido el tiempo con él y su familia, en ese espacio con un cielo infinito llamado Malargüe. Cada quien, lo sabemos, hace lo que puede en su breve lugar en el mundo: ellos levantaron un hostel ecológico, que funciona con energía solar, con granja y huerta y hasta lombricario y caballos y perros y clasificación de residuos y una participación social de la familia sostenida en el día a día del sur mendocino. Y participan activamente de la vida social y cultural del lugar que eligieron para vivir.

Es de noche, por cierto, y estamos, en el hogar de los Albino, luego de cientos de kilómetros recorridos en la indecible Payunia, esa enorme maravilla mendocina, un espacio donde la tierra y el cielo resultan ciertamente extraordinarios.

La noche transcurrirá entre asado y ensaladas, varios vinos y cuecas y chacareras, mezcladas con canciones de Spinetta y Silvio, pero este, bueno, este será otro tema. Todo terminará cuando algunos dirán “ya cansan”; afuera, en el vasto patio del hogar de Johnny Albino, el muy dao cuenta, el cielo de Malargüe, una vez más, era el cielo más hermoso del mundo.

 

Fuente: https://www.mdzol.com/

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